Todos somos “Chema”

Estuve escuchando, y ahora he estado leyendo, el discurso del señor Presidente de la República, Don Mauricio Funes, ante los representantes de todas las naciones que integran la ONU. Su último discurso como dirigente de este país, ante dicha Organización. Me ha sorprendido el nivel de desinformación que tiene sobre el tema salud uno de los periodistas que en el pasado ha sido de los mejores.

El discurso del Presidente ha hecho notar grandes avances en el sistema de salud que según el parte ha sido en su gobierno, y otra parte viene de anteriores desde 1994. Estos grandes avances, sobre todo en el tema de presupuesto, han logrado que haya una mayor demanda en los servicios de salud que brinda el sistema nacional. Según él, esto es un “gran adelanto” en la meta de “extender este servicio a la mayor parte de la población”. Esto me ha llamado mucho la atención.

Es verdad que en El Salvador hay muchas clínicas comunales, hospitales públicos y de la seguridad social. También es cierto que mucha más gente tiene, ahora, acceso al servicio de salud público porque tiene una clínica o un hospital más cerca. Pero hay un tema que no está reflejado en el discurso, y que hasta este momento tampoco se ha puesto en la agenda pública de la cartera de Salud: la eficiencia y calidad del servicio.

Esto nos lleva a una serie de cuestionamientos que es importante analizar:

  1. ¿Es verdad que hay más hospitales públicos en El Salvador? Si.
  2. ¿Es importante que el sistema de salud nacional sea gratuito? Claro que sí.
  3. ¿Es importante que haya más y mejor tecnología en los hospitales públicos para atender especialidades? Si.
  4. ¿Hay calidad y eficiencia en la atención tanto en el sistema de salud pública como en la seguridad social en El Salvador? No.

El Salvador adolece desde hace años de un servicio de salud eficiente. En los hospitales nacionales, y también en el Seguro Social, hay deficiencias graves de atención al paciente. Se entra a los hospitales y se mira grandes rótulos diciendo de lo bien que atiene el sistema, y de que la gente es lo primero, pero tiene muchos empleados, no todos, que atienden mal al paciente; y médicos que dan consultas y recetan medicamentos a pacientes con síntomas graves sin hacer previamente exámenes.

A continuación un solo ejemplo particular, que no por ser puntual deja de ser generalizado.

Antes de iniciar con el relato se aclara que el caso es 100% real, y documentalmente probado, pero los nombres han sido cambiados para proteger a las fuentes:

 

“Señor, no podemos atender a su esposa, vaya por el taco”.

José María es un trabajador de la empresa privada, que tiene un puesto medio, empleo y salario estable, ingresos relativamente altos para la media de la población salvadoreña, y cotiza desde hace más de cinco años a la seguridad social.

En el tiempo que tiene de estar cotizando nunca había hecho uso de su derecho a atención médica, ni en el sistema de salud nacional ni en el Seguro Social (Siempre le interesó muy poco su propia salud), hasta que su mujer, Josefina, pario un hijo.

Justo el día del parto de su hijo Chema decidió que su hijo nacería, como estaba acostumbrado, en un prestigioso hospital privado. Después del nacimiento Josefina tuvo algunas complicaciones  que degeneraron en problemas de salud, y comenzó a tener problemas de presión arterial. Como dice Chema: la presión se le subía y se le bajaba.

El tiempo pasó, y José María se enfrentaba, ahora, con el nuevo reto de ser padre. Ante los problemas de salud de su esposa, y frente a las nuevas obligaciones que hacía unos meses había adquirido, decidió llevarla a la Clínica del Seguro Social más cercana. La han atendido siempre dos médicos generales, pues cuando uno no está debe cubrir el otro. Cada uno con sus propios criterios, pero ambos desinteresados en el caso. Cada vez que llega, y lleva los controles periódicos de la toma de presión en la clínica que se hace cada día a la misma hora, le dicen lo mismo: vos estás muy joven para ser hipertensa, y tu presión se sube mucho o se baja demasiado. Mirá, te voy a dar estas pastillitas, tomátelas y vení en un mes. Llega la nueva consulta, ven los nuevos registros, todo sigue igual, y le recetan nuevas pastillitas. Mientras tanto Josefina se siente cada vez peor. Los achaques de viejita (que no lo es porque apenas tiene 28 años) se presentan mucho más frecuentemente: los mareos, vómitos, desmayos, el dolor de cuerpo, dolores de cabeza, y aquella sensación de malestar general. El médico general le sigue diciendo que está muy joven, que no puede ser hipertensa, pero que se tome otras pastillitas.

Así pasa el tiempo, y cada vez peor, hasta que Chepina se siente morir una noche, y se van de emergencia con su esposo, sin dinero y sin el “taco del Seguro Social”. Chema lleva a su mujer agonizando, y desmayada. En el hospital le pregunta que qué trae ella, y él les explica. Le preguntan si está afiliada, y les dice que sí, que es beneficiaria. Le piden el “taco”, y ¡Ups!, no lo trae consigo. Señor, no podemos atender a su esposa, vaya por el taco.

En su desesperación, José María, lejos de casa, lleva a su esposa al siguiente hospital más cercano. Un hospital nacional. Carga a su mujer, y la lleva hasta donde la gente se sienta para pasar consulta. Una enfermera se acerca, y le pregunta “¿qué trae?”, vuelve a explicar, y esta le dice: siéntense, ya va a venir una compañera a tomarle los signos vitales. Quince minutos, nada. Veinte minutos, nada. Cuarenta y cinco minutos, nada. Chema mira que de un consultorio entran y salen enfermeras y médicos riendo, bromeando, tomando café. Y dentro mira médicos y enfermeras sentados en las camillas, jugando o chateando. Josefina ha vuelto en sí, pero sigue muy débil. Chema pregunta si falta mucho, y la enfermera le manda ir a sentarse, “que ya le van a llegar a tomar los signos vitales” (de nuevo). Una hora, nada. Hora quince minutos, nada. Mientras tanto los médicos siguen riendo, tomando café y pidiendo pupusas, eso sí, porque no han cenado. No aguanta más, y aun no sabiendo cómo va a pagar la cuenta, decide levantarse y llevarse a su mujer para un hospital privado. Hasta el día de hoy José María y su esposa siguen consultando en el sistema privado, como pueden, pagando especialistas, exámenes, medicamentos, y, para variar, a él le siguen descontando quincenalmente de su nómina todos los impuestos normales: impuesto sobre la renta, seguro social, APF (si, el “ahorro), etc, etc. Su mujer está mucho mejor, pero aún no encuentran los médicos de donde proviene el problema. Siguen haciendo exámenes cada vez más exhaustivos, pues están convencidos que el problema proviene de algo más complejo que la simple presión. Al equipo de médicos se une, aparte del cardiólogo, un neurólogo, pues hay que ver qué pasa con los dolores de cabeza. Ordenan una Tomografía (TAC) Cerebral. Chema empieza a cotizar. El examen cuesta más de 300 dólares, y aún tiene que pagar médicos, consultas, otros exámenes, medicinas, y continuar sosteniendo el hogar y a sus hijos.

Nuevamente quiere tener fe en el sistema. Otra vez desea hacer uso de su derecho pagado a asistencia para su esposa en el Seguro Social. Esta vez trata de no perder más el tiempo, y hace uso de ese servicio bonito que tiene el ISSS que se llama “Contacto Seguro”. Llama al número de teléfono de contacto, y le atiende una amable señorita. Extrañado por la amabilidad que no es habitual en los empleados dicha institución, le pregunta que si allí podrían realizar una Tomografía Cerebral a su esposa. Ella le responde que sí, que se puede. “¿Es ella asegurada?”, y él le responde que es beneficiaria. “Si, señor, puede hacerse la tomografía en el Seguro”, “¿En qué unidad de salud pasa habitualmente consultas?”, él le responde rápidamente en cuál. Ella le comenta que debe traer referencia del médico, y que esto podría darlo directamente el Médico General, pero que tendrá que ir a pasar consulta, llevar la referencia del médico privado, y estaría en manos del galeno estatal referirla o no con un neurólogo del Hospital de Especialidades del Seguro Social con los argumentos del doctor privado. “Si acaso el doctor quiere, la refiere, si lo considera pertinente… si no, entonces tendrá que pasar por todo el proceso de estudios preliminares para que la refieran… como usted sabe, los doctores del seguro cuando le llevan referencias de médicos del sistema privado se enojan y no atienden”, dijo la operadora de Contacto.

El siguiente día Chema y su mujer fueron a la clínica del Seguro de su localidad, pasaron con el médico de turno, le explicaron toda la travesía, la situación, le dieron la referencia del neurólogo, del cardiólogo, todo el historial documentado, del que se le dejó copia para agregar al expediente, y faltó nada más la referencia de Dios Padre. “No, señora, no puedo darle la referencia que quiere. Debe pasar por estudios preliminares”, fue la respuesta. Al día de hoy, Chema y Josefina no han podido costear el pago de la Tomografía Cerebral, pero han desistido de seguir intentando reclamar su derecho ante las autoridades del Seguro Social pues están convencidos que “de nada sirve”.

De estos casos hay muchos en El Salvador. Esta redacción ha recibido cantidades de testimonios que en el transcurso del tiempo se irán reflejando en seguimiento del presente artículo, pues estamos convencidos de que la denuncia es lo primero para poder superar los obstáculos de un sistema decadente como el que tenemos en El Salvador. Sobre todo en estos días en los que los médicos públicos paran sus labores cuando quieren para reclamar “derechos laborales” que tienen, sin demostrar, de hecho, que la calidad de la atención que brindan merece la pena aumentarles el sueldo. Al cierre de esta breve nota sigo totalmente convencido de que los Sindicatos, independientemente de qué rubro, pero para el caso médicos, son como todos los demás: unos extorsionistas vestidos de bata blanca.

 

[Continuará…]

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