Pensamientos – Mi ciudad

Después de mucho tiempo, aproximadamente veinte años ya, vi de nuevo mi ciudad como me gusta. No como se ve siempre, de unos años para acá, sino como cuando era un niño.

Hoy día Santa Tecla (si, esa a la que le cambiaron el nombre al menos dos veces desde 1855 y que alguna vez fue la pequeña Capital de un pequeño Estado llamado El Salvador), es una selva de concreto. En los tiempos de los abuelos eran cafetales, montañas, haciendas y fincas. Ahora no se mira más que casas, edificios, calles, y cada vez más nuevas colonias lujosas con casas grandes, bonitas y caras.

Alguien puede decir que eso es progreso; que eso es avance y que Santa Tecla es bonita así, con la Iglesia destruida, pero un Paseo El Carmen nuevecito atravesándola, y yo le voy a decir que sí. Pero la nostalgia esta mañana más bien me ha venido de golpe, cuando al salir de casa, y caminar hacia el punto de taxis he visto, o casi visto no lo sé muy bien, a mi ciudad nublada. Pero no nublada como la expresión se usa en la actualidad, que se refiere a muerte, a violencia, ocultismo, amaños (que están de moda), o que se refiere a estafas, o manos peludas. Nublado como su significado original, aquel en el que uno se imagina fácilmente un humito blanquecino un poco parecido a la nata de leche, y fresco, que no helado, agradable a la piel y a los pulmones; estos pulmones de los tecleños que en los últimos tiempos están acostumbrados al humo de los autobuses y camiones que circulan por la ciudad que es el único puente, o al menos el más usado, entre la Capital y los departamentos del occidente del país.

La verdad es que lo que sabemos de un lugar o de otro es simplemente lo que recordamos. Todo lo que hemos vivido de ese lugar y en ese lugar. Independientemente de que estemos o no inmersos en él, si hemos nacido y crecido en esa ubicación, y sabemos sus problemas y sus virtudes, lo que ha prosperado y lo que ha retrocedido, entonces añoramos o despreciamos lo que era o lo que es. Es de saber que el hombre es el que transforma los lugares. El hombre como especie no como género. Y es el hombre el que ha provocado que Santa Tecla sea lo que es hoy.

En aquellos tiempos que esta mañana recordé teníamos un mercado municipal que recién habían destruido, y a los vendedores los habían ubicado bajo techos de lonas plásticas amarrados con cuerda a ramas, clavos y pareces de los que antes de esto eran los elegantes portales, para construir, según la Alcaldía, un nuevo mercado más moderno y seguro. Así pasaron los años y los vendedores se multiplicaron, e invadieron las calles del rededor de la construcción del nuevo mercado, que estaba aún en ruinas y a medias. Invadieron el parque Daniel Hernández, los portales, las aceras, y todo cuanto encontraban a su paso en al menos 5 cuadras a la redonda. Un caos. Años después llega un nuevo gobierno municipal e improvisa la construcción del mercado municipal, y mete a los vendedores, se pelea con muchos y al final acuerdan unos y otros ordenarse hasta cierto punto. Esto se mantiene hasta hoy (el gobierno municipal y los vendedores) en el corazón de la ciudad.

Para este entonces también había un Cafetalón, una Ciudad Merliot y algunas colonias pequeñas. En el correr de los años se fueron ampliando las colonias, incluyendo Merliot, y hoy día aquella Santa Tecla pequeña es grande, muy grande. Talaron las fincas, terracearon y construyeron centros comerciales, colonias, casas particulares, calles, otros mercados. Esto provocó que de ese tiempo hacia acá la ciudad fresca se hiciera un horno. Y lo que nunca cambió: las calles bacheadas de las colonias del interior, muchas marginales y otras simplemente rurales, los institutos aún rudimentarios frente a construcciones nuevas, el mercado poco o nada funcional y la Iglesia destruida, entre muchas otras cosas. Y ahora el Alcalde, este que se puede decir salvador de Santa Tecla, y que hace unos ocho años me dijo viéndome a los ojos que no tenía aspiraciones de grandeza, y que quería servir a la ciudad, es candidato presidencial por su partido. Ojalá no se olvide de su ciudad, y que el nuevo que viene no desatienda lo que el otro aún dejará inconcluso.

Desde hacía ya muchos años que no había niebla, ni siquiera en invierno, cuando la ciudad era blanca hasta casi llegando medio día. Y esta mañana, milagrosamente, había niebla. Me gustaría que así, milagrosamente, sin esperarlo y sin pedirlo los problemas de mi ciudad se arreglaran.

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