Reflexionando

Hace unos días Carlos Dada de ElFaro dijo que militares o ex militares implicados en graves violaciones de derechos humanos (léase masacres, torturas y otras actividades lúdicas propias de las dictaduras) siguen gozando de prestigio social entre las elites socioeconómicas de nuestro país. Nadie lo dudaba. Pero a veces es importante que nos lo recuerden. Imaginémonos la escena: coctel en la Embajada (¿Cuál? Una cualquiera, una vale otra…), están presentes políticos, funcionarios públicos, magistrados, hombres de negocios, hombre de iglesias (exacto, los que dicen saber de moral) con relativas damas (de caridad, se entiende, que son socialmente ocupadas y muy preocupadas). La crema de la sociedad nacional, los que tendrían que diseñar el futuro del país, los que mueven las palancas del poder. Finalmente, los que dirigen el rumbo de la carreta. Hipotéticamente son de ideas y, quizás ideologías, distintas, cercanos a distintos partidos políticos. En un tiempo eran acomunados por el hecho de pertenecer a familias importantes y ricas. Hoy les acomuna solo la riqueza presente, cualesquiera la fuente de proveniencia. Buenos, imaginémoslos: todos estos luminares platicando amablemente  y estrechando la mano a uno o más señores que, en otra dimensión de la realidad, donde la ética y la moral quizás pintan todavía algo, estarían sentados en un tribunal explicando porque no tendrían que ser condenados.  Y luego tenemos el descaro de decir que somos todos personas de bien…

F. Jan Palach

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