Más Allá de lo que Dijo José Luis Sanz, Más Allá de Rezar

Autor: Fernando Romero


Desde que el Jefe de Información de LPG, José Luis Sanz, publicó su artículo de opinión, ingeniosamente titulado “La Corriente”, ha recibido reprimendas que no se atreven a mencionarlo por nombre en varios medios de comunicación y opinión, y de la propia iglesia evangélica a la que pertenecían las víctimas de la tragedia del desbordamiento del Río Acelhuate, hecho sucedido el jueves 3 de Julio.

No conozco al señor Sanz, pero sé que es un periodista español que ha residido en El Salvador desde hace algunos años, y quien conoce muy bien, gracias a su profesión y talento periodístico, la dinámica sociocultural del país. No lo conozco, pero a partir de lo que sé de él, especialmente por su origen europeo occidental que aumenta las probabilidades de estar dando en el clavo, no creo insensato atreverme a adivinar que no es una persona rígidamente religiosa. Por ello resultaría natural su lectura de un hecho que sólo ha podido ser confirmado por el único sobreviviente del percance, el cual aseguró que mientras unos pocos luchaban por salvar sus vidas, la mayoría tomó más bien una actitud que puede razonablemente interpretarse como pasiva: rezar.

Siendo que apenas habían pasado tres días desde la tragedia al momento de su publicación, es probable que el señor Sanz haya pecado de apasionado apresuramiento al escribir su controvertido artículo, a pesar de que seguramente hubo de considerar que se imprimiría en uno de los periódicos de mayor circulación de un país de apabullante devoción cristiana. Como una de las excepciones a la anterior generalización, he de reconocer que al principio tuve una reacción similar a la del mencionado periodista.

Pero al remover del fuego las emociones e impresiones primarias, puede llegarse a imaginar otras razones que las víctimas pudieron tener para no intentar bajarse del bus, más que una simple fe ciega en que Dios los salvaría; por ejemplo, puede inferirse que muchos pudieron tener miedo y sentirse más a salvo adentro de la unidad, subdimensionando el peligro real de la situación; otros talvez no sabían nadar; además, es sabido que familias completas se transportaban allí, y es muy duro imaginar la posición de un padre de familia que podría intentar nadar a su salvación, pero a costa de dejar a su esposa e hijos a su suerte. Es mucho lo que puede conjeturarse sobre esos terribles momentos, pero el único elemento certero y al que en cierta medida responde este artículo, es el reportado por el joven sobreviviente. La actitud de los feligreses que él describió, más allá de un simple acto de pasividad religiosa, se relaciona con factores más profundos que hilaron, en conjunto a otros, el desenlace de tal triste acaecimiento.

A diferencia de lo que algunos parecen haber leído del artículo del señor Sanz, no creo que éste se refiera, siquiera indirectamente, a una mera futilidad de la fe; sino, más bien a la rendición de la capacidad de decisión y acción que implica entregar el propio destino a otras manos (divinas, gubernamentales, &c.), cuando, según interpreto de su texto, debiera asumirse como responsabilidad propia de cada individuo. Una crítica válida al mentado artículo es que desvía la atención provocada por el percance, la cual debería más enfocarse en la irresponsabilidad de las instituciones que tienen la obligación de velar por la prevención de ese tipo de accidentes, así como la de aquellas fuerzas políticas y económicas responsables del deterioro ambiental que exacerba las consecuencias de ese tipo de desastres naturales. Ya se han escrito varias líneas de opinión que contemplan un adecuado balance entre las dos lecturas. El presente artículo, como reacción al artículo del señor Sanz y a su vez reacción a las reacciones que éste causó, intenta utilizar de trampolín al primero para ahondar en elementos psicológicos y culturales que pueden extraerse y extrapolarse del último accionar de las personas que abordaban ese fatídico autobus.

Todo lo escrito ha ocurrido, como ya se dijo y es consabido, en un país mayoritariamente religioso. Todas las encuestas al respecto de la credibilidad de instituciones revelan que para los salvadoreños no hay ninguna más confiable que las iglesias (y las encuestas se detienen ahí, en “iglesias” a secas, pero es seguro asumir que el concepto sirve de sombrilla principalmente para todas aquellas de denominación cristiana, en especial la católica y las evangélicas o protestantes), muy por arriba de otras como las políticas, policiales y judiciales. En un país que formalmente reconoce la separación de la iglesia y el Estado y pregona la democracia y la institucionalidad, dicen los especialistas, debería ser al revés, o al menos equivalente el nivel de confianza, como sucede en los países de extenso abolengo democrático, tales como las naciones de Europa occidental. Pero no es así. Se trata de territorio latinoamericano, de territorio subdesarrollado, de territorio fértil para la religión, pues es territorio necesitado de las coberturas íntimas psicológicas y sociales que ésta brinda.

Contextualizadas así las cosas, está claro que la religión, sus dogmas y prácticas son un elemento enraizado insondablemente en la psique social de nuestro pueblo. El salvadoreño “cualquiera”, cuando no anda demasiado atareado por los trajines diarios, suele encomendarse a Dios cada vez que sale de su casa (actitud comprensible y recomendable en un ambiente de gran inseguridad como el nuestro); acostumbra a dejar enfriar un poco la comida mientras cierra los ojos y agradece a la Providencia por el privilegio de tener qué comer; enfoca sus pensamientos hacia un indeterminado lugar donde radica el paraíso y solicita auxilio celestial al toparse (más veces de lo debido) con las imposibilidades que el sistema le impone; y menciona a Dios y sus incontables apelativos y epítetos ante igual inmensurable cantidad de ocasiones de sorpresa, alegría, susto y dolor (piénsese en cuántas formas puede entonarse la expresión “Dios mío”). Está de más decir que la mayoría de salvadoreños se avoca en los domingos (aunque no todos) a alguna de las miles de iglesias, grandes o pequeñas, ostentosas o deplorables, que puntean el mapa de los pueblos y ciudades. No es extraño en el interior del país escuchar que hasta la cordialidad del saludo está amarrada al deseo de que Dios le dé un buen día al saludado.

Con una religión fomentada desde la niñez y reforzada por el entorno social, es lo más esperable que las personas, ante situaciones límite como la vivida por aquellos feligreses en el Arenal de Montserrat, tengan como primer impulso la posición de desplegar una férvida oración invocadora de la misericordia y el socorro divinal. Por desgracia, en nuestro país no son pocas las posibilidades de verse hundido en una situación extrema como ésa. Desde sufrir un asalto o un abuso físico o sexual hasta ser asesinado o perder la vida en una calamidad prevenible, los peligros que nos rodean y que están fuera de nuestro ámbito de control estimulan la búsqueda de una fuerza etérea pero superior a los peligros, con la capacidad suficiente para ayudar a sobreposicionarnos sobre ellos y salir ilesos o, a lo menos, vivos.

Entonces, desde ningún punto de vista puede ser achacable que una persona rece en un momento crítico de su existencia. La discusión sobre esta idea debe orientarse, como considero que fue la intención del señor Sanz, hacia determinar hasta qué punto la oración y la fe debe solaparse sobre los comportamientos activos de la persona; es decir, hasta dónde debe estarse a la confianza depositada en Dios y desde dónde debe tomarse como suyo su destino el hombre. Entre comentarios de familiares y testigos de las víctimas de la tragedia, se repetía mucho la idea de que todo lo que sucede en esta vida es en respuesta al plan y voluntad providencial (ilustrado con la figura de una hoja que cae), bajo la presunción necesaria de que dicho plan o voluntad es para el bien último de la creación (a veces sin tomar en cuenta las terribles contradicciones subyacentes, a lo más tachadas como imposibilidades a la limitada mente humana de comprender los designios del Cielo). Estrictamente y desde el punto de vista de la fe, tal idea no puede ser controvertida. El peligro de este tipo de visión, que se ha señalado en debates teológicos, no es su literalidad, sino las consecuencias negativas que puede acarrear cierta interpretación de la misma. Tomada al extremo, por ejemplo, dicha máxima podría llevar a considerar que nada de lo que suceda importa, ni aún lo malo o injusto, ni lo fortuito ni lo inculpable, pues nada podría haberse hecho al respecto para cambiarlo al ser ya parte invariable del gran esquema divino de las cosas. ¿Pero, es viable que los creyentes adopten una interpretación intermedia? Después de todo, cualquier lectura que dicte que acontecimientos naturales y sociales responden en gran o total medida del accionar del hombre, aunque a la vez son susceptibles de intervención providencial, puede conllevar a una negación del rol plenamente activo que la propia Biblia y las iglesias cristianas acuñan a Dios.

Frente a tales consideraciones resulta esencial tener presente que los dogmas, principios, valores y prácticas del cristianismo, contenidos en pureza en el texto bíblico, no llegan en muchos casos de forma directa a los feligreses, sino a través de la interpretación particular de los líderes religiosos que encabezan la congregación a la que pertenecen. Así es como sacerdotes y pastores poseen un enorme poder para formar mentes y actitudes. Desde lo que ha sido reportado, creo firmemente que no fue así, pero suponiendo que los feligreses aludidos en verdad hubieran tenido amplio tiempo para salvarse, pero en su lugar prefirieron dejar en manos de Dios la decisión de que sobrevivieran, ¿quiénes serían los responsables de ese tipo de reacción? ¿Quiénes habrían infundido en esas mentes que no hay autodeterminación del hombre ni sobre su propia vida? No se trata de generalizar, pues no podría pensarse sensatamente que no existen líderes religiosos que fomentan la toma de las riendas sobre todos los aspectos de la vida de sus feligreses; pero no cabe duda tampoco que hay otros que no tienen escrúpulos en querer influir en los comportamientos más íntimos y personales de los sujetos, como hasta por qué partido político votar o no votar en las elecciones.

A partir de una óptica más apartada y general, comúnmente se señala como potencial peligro de los movimientos religiosos organizados más grandes, como el cristiano, que pueden empujar a las personas creyentes a caer en un conformismo destructivo a la autorrealización de la personalidad y al desarrollo y mejoramiento de las condiciones de vida de aquéllas, a través de lecturas extremistas de esa hoja que no cae si no es por voluntad de Dios; o de esas ideas que socavan la trascendencia de la vida en la tierra con sus maravillas y aflicciones, reseñando que después de esa vida temporal (y por tanto devaluada) sigue la recompensa eterna del paraíso (cuando se le ha merecido, desde luego).

Como una pareja hecha desde el cielo (sin intención de doble sentido), la pobreza y la fe van de la mano. Así lo afirman los estudios al respecto que vinculan el grado de vulnerabilidad socioeconómica con la permeabilidad de la religión. Dicho de otro modo, en las esferas inferiores de la escala social hay más presencia (lógicamente, pues hay más necesidad) de la capacidad confortadora de la fe. Conveniente a ese efecto, no escasean las teologías que promulgan la preferencia divina por los pobres.

El movimiento evangélico, del que eran pertenecientes las víctimas del desborde del 3 de Julio, se enorgullece muchas veces de ser “más cristianos” que los católicos, haciendo alarde de su efervescencia religiosa (que a veces erróneamente y otras no se acusa de traslapar al fanatismo); hecho normal y esperable considerando que gran parte de ellos son personas recién convertidas desde el catolicismo, por lo que dicha conversión lleva aparejada una fuerte sugestión de corrección y renacimiento capaz de ensanchar considerablemente las emociones únicas de la espiritualidad. Es por esto que los pastores evangélicos tienen una responsabilidad aún más delicada en cuanto a la interpretación y mensaje que extraen del texto bíblico y transmiten a sus fieles, pues ellos son particularmente más “frágiles”, en el sentido de ser más susceptibles de captar muy rígidamente (ciegamente podrían decir algunos) lo que se les predica.

¿A dónde nos lleva todo esto? No se está pretendiendo redireccionar la predisposición religiosa de la mayoría de salvadoreños. Tal pretensión implicaría imprudencia y desconocimiento imperdonables, y además requeriría modificar la estructura base de la propia sociedad salvadoreña y su realidad histórica, cultural y económica. La conclusión es, pues, que así como la propia iglesia a la que pertenecían las víctimas ha visto en la tragedia una oportunidad para reflexionar sobre la responsabilidad medioambiental y de mitigación de las instituciones públicas pertinentes; también debe servir para reflexionar sobre el pesado rol que formadoras de mentes como son las iglesias y sus líderes están desempeñando ante la persona humana. Esta responsabilidad es mucho más grave que la que pueda tener cualquier institución, en concordancia con la confianza que los salvadoreños depositan en cada una.

En particular los líderes religiosos deben estar conscientes de que, aunque no haya sido así en el caso de la tragedia de El Arenal, sus enseñanzas y prédicas pueden conjugar para que, de la mano de irresponsabilidades de otra índole (como la de un MOP derrochador o un chofer de bus imprudente), se pierdan las vidas de buenas personas, tanto biológica como psicológicamente.

Por lucrativo que pueda resultar, no cualquiera debería incursionar en la conducción de un movimiento religioso, y quien lo haga debe de estar preparado no sólo para buscar responsabilidades en el gobierno, sino también en la propia teología impartida, la cual tiene la capacidad de ser un factor determinante para que una persona haga o no haga algo, ya sea votar por un partido, o buscar activamente una solución real a un problema, o luchar por una existencia (por terrenal y temporal que sea) mejor para sí y su familia, o simplemente tratar de salvarse la propia vida.

El artículo del José Luis Sanz en cuestión puede leerse en la siguiente dirección: http://archive.laprensa.com.sv/20080706/opinion/1093766.asp

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