La cultura del más vivo

Autor: Fernando Romero


Parece ser que en todos los ámbitos de la vida comunitaria en nuestro país se tiende a premiar al más vivo. Con el fin de conseguir los objetivos individuales, se alienta a moldear todo tipo de conducta orientada a obtener el fin trazado, como suplicar y mentir, “hacerse el maje”, o ponerse bravo y autoritario. “Es que sólo así entiende la gente, sólo así se asegura uno que no se vuelvan a equivocar”, me decía alguien, justificando un trato prepotente y exasperado a una persona que había cometido un error, en lugar de manifestar una actitud de corrección amable y comprensiva. “Vaya, ruégeles, dígales que es una emergencia para que lo pongan al frente de la cola”, me sugirió mentir otra persona, en ocasión de lograr que un trámite que tenía que realizar se llevara a cabo con mayor rapidez. Al conducir sus vehículos, muchas personas aconsejan manejar “a la brava”, evitando normas de cortesía como ceder el paso, permitir ser rebasado o no acelerar cuando otro auto se incorpora al carril. “Es que si uno se deja, si te ven dundo, se te mete todo el mundo en frente y nunca llegás”, me comentaba un conductor sobre su agresividad en el volante. Desconozco si es así actualmente, pero hace un par de años verifiqué que hasta en el manual oficial del Viceministerio de Transporte se leía que en El Salvador había que “manejar a la defensiva”. Eso dice muchísimo de nuestra cultura.

Nuestro mundo político, desde luego, no se salva de esta influencia de la viveza como valor supremo. Todos los partidos (en su intención de gobernar, los más grandes, y de sobrevivir y mantener sus limitadas cuotas de poder, los más pequeños) han mostrado distintas formas de viveza para la consecución de sus objetivos. ARENA, por su lado, se está poniendo las pilas “con todo”, viendo su aparentemente desfavorable posición electoral, eligiendo al candidato que mejor compagina potencial de popularidad con la conservación de sus intereses partidarios, manteniendo y subrayando a la vez los elementos discursivos que más éxito han rendido al presidente Saca. Por su parte, el FMLN ha sido buzo al elegir tempranamente un candidato de gran popularidad, muy distinto a aquellos que demostraron ser un fracaso electoral en el pasado. El PDC no se queda atrás, andando abusado en ver qué le es más favorable, si ir solo en las elecciones o si conformar una alianza multipartidaria. Hasta ahora parece que su agudeza le indica que deben ir solos, usando una de las cartas de segunda mano que les han llegado de otros partidos (otra manifestación de su viveza). Pero el caso más impresionante es sin duda el del epítome del “vivaracho” hecho partido, cuyos logros no se quedan cortos de ser auténtica magia política; claro está que hablamos del PCN, el cual amerita un párrafo específico en este artículo.

Su vivarachada le alcanzó a este partido para mantenerse en el gobierno por muchos años durante el siglo pasado. Hoy esos tiempos han quedado atrás, pero la experiencia adquirida aún les sigue rindiendo frutos. Una de sus hazañas más destacables ha sido transformar en bastión propio un eje de poder de vital trascendencia: la Corte de Cuentas. Este partido también puede presumir de haber superado a la voluntad popular y al ordenamiento jurídico, al haber conseguido (junto al PDC) mantener su existencia como partido tras las elecciones del 2004, a través de una formidable muestra de truchimanería, manipulando a la Corte Suprema de Justicia para no desaparecer. En el escenario electoral que vivimos hoy (de preelectoral ya no tiene nada), el “partido de las manitas” está nuevamente haciendo alarde de su viveza. Desde hace un par de semanas en los medios circuló la noticia de que Ciro Cruz Zepeda, dueño del PCN, en un ejercicio de chocante humildad, invitaba a alcalde de San Miguel, Will Salgado, a regresar al partido del que el mismo Zepeda lo sacó. Sabiamente se dice que ante situaciones así es mejor reír que llorar. Una nota sobre este hecho, adumbrada con humor, en Enfoques de LPG (23.Marzo.2008), citaba la letra de una canción de José José (“Vuelve, te lo ruego, / porque estoy desesperado, / decidido a aceptar lo que sea, / tú has ganado…”) Es importante saber reír, pero talvez lo es más no perder la capacidad de indignación. No se requiere ser un experto en análisis político para captar la buza idea del dirigente. Nadie puede negar la enorme potencialidad de votos que arrastra tras de sí Salgado, especialmente en la zona oriental del país. También es evidente que, aún con un candidato popular, el PCN no tiene ni la más remota posibilidad de obtener una victoria electoral, dada la ya trillada polarización política (especialmente en las presidenciales). Pero la viveza de este partido apunta en otra dirección. Primero, la simple simpatía por un candidato presidencial suele conllevar a mejores resultados en las elecciones de diputados y alcaldes. Segundo, frente a la reñida contienda que se adivina entre ARENA y FMLN, forzar una segunda vuelta favorece en gran manera a los demás partidos, especialmente al PCN, el cual gozaría en ese escenario de un amplio margen de maniobra negociadora, ligándose, llanamente, a cualquiera de los dos grandes que se le presente como la más guapa de la fiesta (como se sabe, a la más guapa se la queda el que se pone más buzo). Tercero, con Salgado creen asegurar al menos un porcentaje superior al 3% de los votos, consiguiendo así su meta más urgente e inmediata: mantenerse vivos. Cuarto, quinto, sexto talvez sean otros factores a los que no logra llegar el que escribe por no tener la gran viveza que esa gente posee.

Pero todo lo anteriormente acotado es intrascendente, irrelevante al final de cuentas, cuando se le compara con los efectos similares que ese tipo de disposición tiene en la cultura, la idiosincrasia y el tejido mismo de la sociedad salvadoreña. Los políticos y los empresarios comúnmente son vistos por la generalidad popular como los modelos de una vida exitosa. Se ha probado en incontables casos y en diversas formas que, en la mayoría de ocasiones, ambos grupos han logrado sus envidiables posiciones no por méritos intelectuales o académicos o personales, sino por ser, entre muchos, los más vivos. La comunidad árabe de El Salvador se presta para una ilustración de este punto. La historia ha reiterado en muchas partes del planeta la visión estereotipada del negociante árabe, recalcando su afilada astucia y, en ocasiones, falta de escrúpulos, para alcanzar formidables metas económicas y empresariales, llegando incluso a ganarse el desprecio de algunos sectores (valga recordar, para el caso salvadoreño, medidas legales en la primera parte del siglo pasado en contra de los llamados “turcos” quienes, por supuestas prácticas competitivas desleales y abusivas, afectaban a los negociantes locales). El que escribe estas líneas no podría tener la imperdonable falta de razón de condonar ese tipo de generalización xenófoba e injusta de todo un grupo étnico. Sin embargo, tampoco puede negar la razón que en nuestro país son numerosos los paisanos de origen árabe que no sólo se han insertado en los más importantes puestos políticos de la nación (hasta la presidencia), sino que además están entre los empresarios más prominentes de la región. Aunque sin duda han contado con otras herramientas, no cabe duda que la astucia con que se las caracteriza ha sido factor determinante para que hayan obtenido el éxito por el que hoy se les reconoce. Mas el peligro de esto inicia en ellos mismos, cuando la ambición contamina la astucia positiva, transformándola en una negativa viveza. Es entonces que algunos, llevándoselas de vivos, han incursionado en el campo de lo ilegal para acrecentar sus riquezas. Y el peligro se dispersa en el resto de la sociedad, quienes o emulan de modo negativo esa astucia, o adoptan directamente la viveza exhibida.

“Hasta el más pobre tiene su ambición”, me dijo alguien una vez. La ambición, natural en el ser humano y deseable cuando se mantiene al margen del egoísmo irracional, en muchos casos se vuelve enfermiza, dando así origen a algunas de las exteriorizaciones más feas de la vida social, desde la corrupción y crímenes de cuello blanco hasta la delincuencia común. A este peligro latente se aúna el ambiente de individualismo y consumismo del que no sólo peca El Salvador, sino todo el “mundo civilizado”. Pero es cuando este peligro, traducido en una cultura de vida, se sumerge en el contexto peculiar de nuestro país, que se desencadenan una serie de relaciones sociales complejas que se manifiestan en lo que vemos con horror a diario en los medios: corrupción, robos, homicidios, pandillas juveniles, desintegración familiar, emigración… efectos que hoy se ven obvios cuando literalmente un par de metros separan los vecindarios modernos y ostentosos (propiedad de sujetos que aparentemente han sido más vivos) de zonas marginales indignas y de exasperante miseria.

Un ejemplo claro es el fenómeno de las maras. La razón empuja a admitir que los mareros son sujetos bastante vivos. En un contexto social en el que se ven pobres, débiles, extranjeros y familiarmente disgregados, gozan de la viveza de determinar que juntos, organizados y dispuestos a todo, tienen la facultad de ostentar poder, dinero y control de una zona, diseñando un minimodelo de lo conseguido por la clase alta. En ese sentido, las maras son microempresas y minogobiernos, y los mareros son los más buzos microcapitalistas y minipolíticos, concentrando el dinero (producto de robos, extorsiones, etc) y el poder en sus barrios.

Otro fenómeno importantísimo de El Salvador, la emigración, también es una extensión de la sagacidad, en los mejores casos, y de la viveza, en los peores. “Aquí ya sólo ha quedado la gente más dunda, porque los más inteligentes se han ido de este país, han sido tan listos que han visto que aquí no se hace y han sido lo suficientemente listos como para lograr irse”, exageraba un amigo al que parafraseo. Tristemente, en sus palabras hay una pesada cuota de verdad. Muchos compatriotas que han emigrado a Estados Unidos han demostrado su agudeza al saber aprovechar las mejores vías y oportunidades al inmigrar a ese país legalmente, pero también lo hicieron así aquellos que tuvieron la capacidad de sortear el tortuoso camino de la inmigración ilegal. Esa misma astucia en parte explica el éxito que la mayoría ha encontrado en el norte (y no la fácil accesibilidad del “sueño americano” que algunos creen, pues los hermanos lejanos, como dicen, echan riata), convirtiéndose ahora en una fuente infaltable de estabilidad macroeconómica.

Puede pensarse en tantos ejemplos más de la aplicación de la astucia, en muchos de los cuales se orienta negativamente, como el caso de algunos líderes religiosos que conjugaron sus conocimientos de teología y psicología de masas con su viveza para hoy ostentar no sólo una riqueza difícil de dimensionar, sino también de una significativa influencia política. Pero lo más trascendente a recalcar es que la cultura del más vivo ha penetrado los elementos más esenciales de la sociedad, la cual privilegia, encima del mérito académico, la solidez moral y la conducción de la propia persona, a la viveza que un individuo puede demostrar en cualquier situación, tanto de la cotidianidad más sencilla como de la formación de ideología, de costumbres, de creencias, de país, en fin, de la cosmovisión de un pueblo.

Con pena el que escribe debe admitir que le es impropio proponer soluciones concretas a una situación cultural tan compleja como la que ha intentado describir, fuera de sugerencias vagas como “políticas de educación social” y “esfuerzos comunitarios de fomento y reemplazo de valores”, quizá pecando estas líneas de no ser más que una extensa observación sociológica. Talvez un cambio pueda empezar desde dentro del individuo mismo, por medio de una asunción de responsabilidad social y una reingeniería de sus valores. Mientras tanto, seguiremos soportando un entorno hostil y agresivo, una modernización de la ley de la selva, en donde el más fuerte-vivo se impone; deberemos seguir aguantando al conductor que se atraviesa agresivamente en nuestro carril, al abusivo que se adelanta en las filas a través de mentiras vivarachas, al hipócrita que lisonja para obtener algo de nosotros, al que nos grita e insulta creyendo que así asegura un comportamiento deseado de nuestra parte, al delincuente que nos asalta en el momento y lugar más idóneo que su viveza le ayudó a determinar, al político viejo y curtido que sabe usar sus mejores cartas para manipular nuestro país a su mayor conveniencia; a la vez, seguiremos siendo aguantados por otros para los que seremos el más vivo.

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