Carta Abierta al amigo Interiano

Autor: Aurelio Barán


 

Estimado Señor Interiano,

Antes que todo le agradezco su respuesta.

Le contestaré con todo respeto de sus posiciones y a la altura de su caballerosidad pero no evitaré de ser contundente y mordaz en los puntos que yo considero muy “débiles” en sus aseveraciones.

Cuestión pruebas: intenté explicar el concepto en mi precedente articulo. Usé una comparación histórica. Comparación que encaja más que bien (por como se desarrolló cierto debate). Los defensores de los nazis dicen que no hay pruebas (documentales, escritas) de que el Holocausto fue planeado. Es verdad, no la hay. Hay solo el testimonio de Heinrich (entonces segundo de Hitler, ajusticiado en Israel) pero de papeles ni la sombra. ¿En base a esto hoy podemos creer que el Holocausto no existió, que los nazis no decidieron aniquilar todos los judíos de Europa? Más: ¿Los testimonios, las fotos, los relatos de victimas y otras personas ajenas, la envergadura de las ordenes que recibían las tropas, sus accionar no son acaso “pruebas”? Claro que sí. Para todo mundo por lo menos, exceptuando el puñado de fanáticos, viejos y jóvenes, que pretenden ocultar el sol con un dedo.

En El Salvador, en cierto sentido, se dio algo parecido: miles y miles de desaparecidos que venían sacados de sus casas en la noche por personas vestidas de civil y que no reaparecían o las hallaban destazadas y torturadas. Fueron miles, no 30, 60 o 122. Las victimas tenían una característica común: eran de o simpatizaban por la izquierda. Al mismo tiempo hay cientos de testimonios que describen como se desarrollaron esto secuestros (donde no contaba el dinero, porque eran todos don Nadie, sino solo la eliminación del enemigo). ¿Entonces todo esto no ha existido porque no tenemos un papel o la grabación de una conversación entre personajes de derecha que decidieron estas practicas? En otras palabras, lo que yo no alcanzo a entender es lo que Usted considera “prueba”, qué es lo que le sirve para admitir en su horizonte político-histórico que alguien sumó miles de atroces homicidios en nombre de una supuesta lucha al comunismo. Usted afirma que el ejercito era profesional y animado por más que admirables intenciones, que la Guardia era compuesta de personas intachables, que si hubo algún delito fue juzgado (y de otros los izquierdistas no sumaron las pruebas suficientes)… y entonces. permítame y disculpeme, ¿Quién demonios mató estos miles de don Nadie?

Una de dos: o las 75 mil victimas del conflicto armado salvadoreño en realidad fueron 4 gatos o la izquierda es la que mató a los soldados, a los cuerpos de seguridad, y, aún insatisfecha, masacró a 50 mil civiles.

Don Armando, me permito llamarle por nombre, no crea que soy mucho menor que Usted. Muchos años de guerra los pasé afuera del país, un poco por trabajo y un poco porque me daba cuenta que se estaba peleando una guerra “justa”, como la llama Usted, pero conducida por dos bandos de locos y desquiciados que masacraban a su propio pueblo en el nombre de intereses particulares o sobrenacionales. Muchos eran animados por buena fe, pero, cuando una maquinaría geopolítica es mucho más grande de la bendita buena fe, muchos se vuelven en tontos útiles.

De vez en cuando, en los ’80, cenaba en Miami en la casa de un viejo tío (no era familiar de verdad pero era amigo de mi familia desde siempre) y él, con sumo orgullo, decía que con un grupo de amigos (casi todos salvadoreños, los otros pocos eran cubanos) enviaban dinero a personas que en El Salvador se ocupaban de “sacar las ratas de sus casas y rostizarlas antes que la plaga roja se apoderara del país”. Una noche, en el ’87, me atreví, no obstante e codazo de mi mamá, a decir “¿Escuadrones de la muerte?”. Mi tío, tranquilo como siempre con su puro cubano (el mundo jamás cambia) entre los labios me contestó: “¿y qué? ¿Y los Comandos Urbanos de la izquierda qué son, escuadrones de la vida?

Poco antes de morir, mi padre, en un almuerzo justo me dijo: “Ya te diste cuenta hace tiempo, la guerra en El Salvador es sucia. Hay dos bandos de asesinos que bien saben que antes o después llegará un acuerdo, una negociación que sepultará sus atrocidades. Luego llegará la temporada de los que se harán “los locos”: yo no sabía, yo no vi, a mi no me consta”. Cabal.

Señor Armando, se lo digo con toda sinceridad: yo he perdonado porque se que una guerra entre hermanos solo puede producir aberraciones. Pero, al mismo tiempo, no acepto, en nombre de una honestidad intelectual que sigo persiguiendo y llevando adelante, que el perdón se confunda con un “borrón y cuenta nueva” (lema de ARENA y de los actuales militares, y hasta del mismo Frente).

Hoy vivo en El Salvador 11 meses en el año. Desde más de 8 años. Conozco el panorama nacional. Por suerte tengo el tiempo de leer tres periódicos a diario. Y veo la basura televisiva que nos venden, los noticieros. Vengo de una experiencia de más de 30 años dando vuelta a Europa y viendo como unas sociedades democráticas han obligados a verdugos de derecha y de izquierda a pedir disculpa de sus fechorías, sin importar el bando, sin importar sus míseras justificaciones, sin importar sus inaceptables “a mi no me consta”. Aquí no, un canciller de la republica, Lainez, luego de una condena internacional que obligaba pedir disculpa oficial para un secuestro y venta de unas niñas que el ejercito robó en una de sus heroicas acciones, se burla de la sentencia y se limita a decir que el Estado “lamenta” lo que pasó. La indignación llenaría la garganta de cualquiera que tuviera un mínimo de dignidad humana.

Yo creo, con toda sinceridad, que ya ha llegado el tiempo de dejar de trepar los espejos para defender lo indefendible, para maquillar lo horroroso. Y esto vale para la izquierda y para la derecha. Pintar un Ejército salvadoreño como intachable, profesional y respetuoso de los derechos humanos, a la luz de lo que pasó en este país, es burlarse de la lógica, del buen sentido y de la simple obviedad de los hechos. Para la izquierda vale lo mismo.

Yo no tengo la intención, ni me permitiría de poner en duda su honrada y respetable actuación como miembro de la Fuerza Armada. Pero no le creo cuando Usted quiere trasladar su seriedad de honesto miembro de la casta castrense a todos aquellos uniformados que en la guerra pelearon para una supuesta democracia. Tenemos 800 o mil muertos (todos civiles) en el Sumpul, el horror de El Mozote (Morazán) con más de 50 niños hechos pedazos (todo fotografiado y publicado por la prensa norteamericana), la masacre del Calabozo, la masacre de los jesuitas de la UCA, las bombas contra su imprenta, fotos de ahorcados en los postes por ser “izquierdistas”, el “carnicero de El Junquillo”… ¿Quién mató a toda esta gente, si como dice Usted, Ejercito, Guardia, Policía de Hacienda eran todas personas respetables? La cuestión se hace grave: tenemos miles de muertos (civiles, los don Nadie, los Pérez,), pero Usted, y muchos otros, afirman que la Fuerza Armada nada tuvo a que ver. Bueno, tenemos miles de victimas que se han muerto del frío, se han suicidado, se han tirado de las rocas, se han disparado entre ellos, se han mutilado…. Vamos, con estos discursos estamos en el borde de la locura, de la sinvergüenza. ¿Tenemos todavía el coraje de no admitir que en El Mozote hubo una masacre horrible por manos del Batallón Atlacatl? Esto ya es historia, los mismos registros de la Fuerza Armada (que nunca quiso entregar hasta que le tocó) hablan de un operativo de los “profesionales” en Morazán. Lo que yo me pregunto, y pido a los que no “le consta”, es hasta cuando y hasta que punto defenderán lo indefendible.

Le suplico de no tomar mi análisis o mis argumentaciones como un ataque hacia Usted, hacia su persona: esta no es mi intención. Mis críticas solo pretenden ir en contra de una de las peores malas costumbres nacionales: en nombre de un ciego sectarismo (político y social) queremos sepultar la historia (magistra vitae, decían los antiguos latinos, maestra de vida), ocultar nuestras culpas, justificar compañeros, camaradas y compinches. Sobre el perdón, la iglesia católica, desde su doctrina nos enseña el camino: admitir la culpa, arrepentirse de verdad y pedir disculpa a las victimas. Solo así el perdón es semilla de un nuevo mañana.

Finalmente, Señor Armando, como creo ya le habrá dicho Marvin Ascencio yo no soy hombre de izquierda. Me considero un liberal y en cierto sentido un conservador. Mi fuerte crítica hacia la derecha nacional nace de estas mis convicciones. Nuestra derecha, sobre todo la actual, no es conservadora, es reaccionaria; no es liberal, es monopolista, corrupta y forjada sobre un capitalismo salvaje y antihumano; su modelo de sociedad no es una democracia cumplida, sino un simulacro de la misma que esconde un elitismo socioeconómico basado en la ley de la jungla, donde quienes están abajo deben callar y aguantar su posición. La nuestra es una derecha feudal, troglodita, antihistórica y atrapada en un pasado vergonzoso. En otras palabras es la otra cara, de signo opuesto, de la izquierda. Dos dinosaurios anquilosados que han secuestrado nuestro pueblo, envenenándolo con las mentiras de ayer y de hoy. Este es el sistema que hay que quebrantar. Contra este sistema yo sueño una nueva derecha que puede ser una opción sin esqueletos en los armarios. Si hoy la tuviéramos el Frente sería condenado a salir de su cueva, el mismo antro oscuro que actualmente comparte con los areneros y los militares más recalcitrantes.

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