El Paraíso cercano a Castro

Centroamérica se encuentra en condiciones sociales devastantes. Se ha ganado las primeras páginas gracias a la ferocidad de sus bandas juveniles.

Viaje dentro de una moda cruda y “desesperada” siguiendo la pluma de quien vive allá.

El estado centroamericano de Honduras se ha ganado su ventanilla de honor entre las noticias que difunden las agencias de prensa internacionales de un lado al otro del globo. En un pequeño pueblo, a 200 Km. de la capital Tegucigalpa, un bus, lleno de obreros que regresaban del trabajo, fue bloqueado y rodeado por un grupo de personas armadas. Mientras todos pensaban a un rutinario asalto para robarles, los asaltantes en pocos segundos descargaron todos sus cartuchos sobre los pasajeros, barriendo con sus M-16 y AK-47 las vidas de 28 personas, entre la cuales cuatro niños y nueve jóvenes mujeres.

LOS MALACATES DE LA MARA SALVATRUCHA

Cumplida la masacre, tendieron sobre el cofre del bus una especie de cartel-carta. El mensaje, lleno de errores gramaticales y delirante, dedicado al Presidente de la República, a su Ministro de Seguridad Publica y al Presidente del Parlamento, no dejaba dudas interpretativas: o dejaban ya de hacer la guerra a las pandillas u otra sangre sería derramada.

Hace unos años el Ejecutivo de Maduro declaró guerra a la criminalidad organizada de las pandillas, gangs de jóvenes que están poniendo a dura prueba las ciudades de todo el istmo, desde México hasta Nicaragua. Empezaron así una larga serie de operaciones de policía que, a través de frecuentes redadas, habían arruinado los planes de los criminales que controlan extensos sectores y barrios de las principales ciudades hondureñas.

El primer mensaje enviado al jefe de estado fue una bolsa de la basura con adentro un cuerpo horriblemente mutilado y un papelito: “O nos dejas en paz o terminarás en la misma manera”. Luego llegó la masacre del jueves 23 de diciembre.

Hoy sabemos quienes fueron los mandantes y los actores de la matanza: la Mara Salvatrucha, el grupo de jóvenes criminales más sanguinario de Centroamérica y que en Honduras cuenta con por lo menos 100 mil miembros. La MS como es mejor conocida a estas latitudes la Mara Salvatrucha, no obstante las ramificaciones extendidas en toda la América ístmica y Estados Unidos (donde nació) es un fenómeno “orgullosamente” salvadoreño. Es en la República limítrofe de El Salvador que esta pandilla (o mara) reina soberana. Se divide el territorio nacional, los barrios, las calles, las colonias, los cantones con los odiados enemigos de la Mara 18, en una guerra sin fin. Un vórtice de violencia que, desde los Acuerdos de Paz de 1992 que pusieron la palabra fin a la guerra civil en El Salvador, ya ha causado miles de muertos. Sí, miles: y según cálculos recientes esta “otra guerra” entre pandillas está produciendo más victimas diarias que el conflicto armado entre la guerrilla comunista y la Fuerza Armada. Estamos hablando de miles de jóvenes entre los 14 y los 35 años que “militan” en grupos organizados que se dedican a un único aparente fin: delinquir. Hurtos, asaltos, homicidios, sicariados, secuestros, violaciones, torturas, ritos satánicos, decapitaciones, hasta crucifixiones. El objetivo es esencialmente uno: la defensa del territorio para el consecuente control del mercado de la droga y de las armas, si también de dichos tráficos ellos son solamente el ultimo anillo de la cadena, los malacates de la calle. El terror, la ferocidad, son el medio mejor para mantener callada la población y en su lugar los enemigos.

UN VÓRTICE DE DECAPITACIONES

En el 2003 El Salvador fue escenario de la moda de las decapitaciones: la guerra entre la MS y la M18 se transformó en un vórtice de cabezas cortadas que después venían expuestas a las paradas de los buses, frente a las bartolinas de la policía, en las calles principales de ciertos barrios, en los basureros.

Hoy la sociedad se está dando cuenta que las maras no son simplemente un fenómeno criminal sino un síntoma de un profundo malestar social con matices políticas, y sobre todo estas dos ultimas particularidades son las que ponen en crisis las instituciones gubernamentales en el momento que deben planificar posibles soluciones.

La guerra civil salvadoreña (1980-1992) tenía sus raíces en una profunda crisis social; diez años de violencia, 78 mil victimas, entre muertos y desaparecidos, no han resuelto casi ninguno de los problemas que destrozaban el país. Las Fuerzas Armadas, engordadas por los millones de dólares que diariamente Estados Unidos les enviaba, entrenadas por consejeros militares del Pentágono, instauraron un clima de sistemático terror en el cual la población civil nada más era carne de cañón o sospechada de colaboración con los comunistas. El ejercito se convirtió en una especie de maquina de la muerte con casi ningún contacto con la realidad de sus compatriotas. La guerrilla comunista, atrincherada sobre las montañas, sometía la misma población a continuas correrías, amenazas y fatuas promesas. La ultraderecha salvadoreña, con capitales, amigos, intereses y cuentas en los bancos de Miami no eran nada más que el brazo económico, que pagaba el armado (los escuadrones de la muerte), del peor capitalismo de rapiña que los republicanos norteamericanos querían mantener dominante en la tierra cuscatleca. Patria y anticomunismo eran los slogan fáciles de un grupo de obscuros personajes que tenían los hijos en los colleges estadounidenses y que en El Salvador venían solamente unos meses en el año para visitar sus fincas y sus tierras.

Era la mentalidad de una clase dominante obsequiante la bandera con estrellas y rayas y que hoy intenta imponer una improbable american way of life. En aquel torbellino de muerte y masacres la población civil, aplastada entre los esbirros al sueldo de Washington y los guerrilleros marxistas-leninistas, optó en masa para el éxodo. Miles aprovecharon de las promesas de asilo y ayudas que dispensaba la administración Reagan. En pocos años los salvadoreños refugiados en Estados Unidos se multiplicaron de forma exponencial. Y es exactamente acá, en la Land of Freedom, que nacieron las maras, las pandillas. La integración de esta masa de desesperados, la mayoría sin un centavo en el bolsillo, muchos sin educación, sin una profesión fue muy difícil y en muchos casos un verdadero fracaso. Los más jóvenes terminaron pagando el precio más alto. El racismo de los anglosajones hacia los hispanos, la aversión y las luchas entre las mismas nacionalidades iberoamericanas, las oportunidades ofrecidas que finalmente se quedaron letra muerta contribuyeron a la creación de nuevos guetos y nuevas situaciones de marginación. Las limitaciones en el acceso a la escuela publica, la falta de un empleo fijo, el estatus de ilegales o de en eterna espera de la residencia, el machismo y la violencia que caracteriza parte de la cultura latinoamericana, el impacto con una sociedad fuertemente empapada del mito del consumismo y de la eterna competición económica como es la americana, fueron el principal detonante del resentimiento social de muchos jóvenes salvadoreños.

EL RITUAL DE TATUARSE

La Mara Salvatrucha (salvatrucho, salvadoreño, con tinte de marcado orgullo racial, porque ellos se sienten así, raza) nace en la 13th Street de Los Ángeles, la zona del primer núcleo organizado de defensores del territorio. Se ocupaban esencialmente del control del tráfico de estupefacientes y de contener las incursiones de los cholos mejicanos. Identificarse y distinguirse era uno de los imperativos así que el tatuaje, junto al vestuario, tenía un rol central. Tatuarse es un ritual y cada tatuaje es un significado, una decoración, una amenaza, un recuerdo, una promesa. Figuras recurrentes son cruces, calaveras, nombres de mujeres (madres, novias), el nombre del grupo, pero sobre todo la mano huesuda con garras que muestra los cuernos, que llaman al demonio, a las fuerzas obscuras a quienes pedir auxilio y protección durante las misiones. Y con estas decoraciones corporales no se cubren solo el tórax o los brazos sino la cara.

La manera de vestirse es otro producto típico de la cultura de las gangs norteamericanas: pantalón largo, calzón en evidencia, pañuelos en la cabeza, camisetas de red, zapatos tenis posiblemente de marca, All Star, Nike, según los mandamientos de la moda del momento. Y para tener estos “uniformes” llegarían a matar.

Cuando fue elegido Bush padre la administración republicana se dio cuenta que el asilo político concedido a miles de salvadoreños se había trasformado en un peligro, una potencial plaga social hecha por feroces delincuentes. Así las autoridades calladitas calladitas empezaron a regresar centenares de pandilleros que ya había sido atrapados por las justicia norteamericana. Sancionaban con la deportación también quienes incurrían en pequeñas violaciones de las leyes. En la vuelta de pocos años El Salvador se encontró con un número preocupante de jóvenes antisociales y violentos que empezaban a articular las mismas estructuras criminales que tenían en Los Ángeles o Houston. El Salvador salía de la guerra civil aún más pobre de cuando había empezado: la economía estaba destruida, miles de desplazados intentaban repoblar las zonas de los rastreos del ejercito, el estado debía organizar una democratización incierta y titubeante buscando la integración de todos aquellos que había luchado en los varios bandos, en el campo todavía la tensión seguía alta a causa de una distribución/redistribución de las tierras incierta u incumplida a las victimas del conflicto.

LOS PANDILLEROS

Asociales y antisociales, desempleados, ex combatientes, huérfanos de guerra y de la guerra vagaban por las calles y los suburbios sin horizontes ni esperanzas. Los pandilleros deportados de Estados Unidos ofrecieron una alternativa a la miseria y a la falta de trabajo: el grupo, el indisoluble compañerismo, la ganancia fácil, el poder que da el ejercicio del terror y de la violencia, cierta re-afirmación personal y tal vez étnica. En poco tiempo la Mara Salvatrucha se extendió como un cáncer social en cada rincón del país, desde los grandes centros urbanos hasta los pueblos más olvidados. En ella encontraron una casa los sicarios de los escuadrones de la muerte quedádose sin el óbolo de los terratenientes, guerrilleros traicionados por la revolución proletaria pero sobre todo muchísimos jóvenes que del caos ideológico de la guerra civil salvadoreña no habían entendido nada y, quizás, nada les importaba.

Lo que querían era tener acceso al estilo de vida propagandado por McDonalds, Burger King, los resplandecientes centros comerciales y que los Estados Unidos imponían como panacea para los males que afligían el país.

El Salvador de hoy es una sociedad profundamente dividida por el odio ideológico y de clase; desde el 1989 el gobierno está en las manos de aquellos pequeños pero potentes sectores de la sociedad que controlan los grandes monopolios y que son los títeres de la política salvajemente neoliberal que manda Washington. La gran mayoría de la población debe ver como puede sobrevivir a los precios que suben, a la dolarización de la economía, a la delincuencia, a la falta de empleo.

Cada día son cientos los salvadoreños que intentan el peligrosísimo viaje hacia el sueño americano, viaje que muchas veces termina con la muerte o con la deportación. Entre tanto las maras continúan su guerra cotidiana sembrando sangre y terror. Sin un objetivo social o político, sin reclamaciones coherentes sino las de querer imponer el dominio territorial, los pandilleros salvadoreños (pero también los hondureños, nicaragüenses, guatemaltecos) con su tráfico de droga y de armas son la realidad más problemática que el Estado debe enfrentar. Se trata de una de las plagas más dolorosas por su propia gente ya que son los sectores más pobres y socialmente más débiles los que deben convivir con los abusos de estas bandas. Por el gobierno son poco más que una tediosa molestia: ensucian la imagen del país que el actual presidente quiere vender como ejemplo de progreso económico, de land of opportunity centroamericana.

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