Civis Romanus Sum: El derecho de elección

Autor: Nelson Ochoa


En un pasaje de la Biblia de los cristianos hace unos dos mil años en Jerusalén un hombre llamado Pablo de Tarso que había sido arrestado por causar desordenes públicos y demás escándalos en el pueblo fue atado con correas para ser encarcelado y torturado a fin de que confesara su delito. Pablo que en el camino a Damasco había dejado junto con su nombre judío de Saulo, la religión de sus mayores para abrazar una fe que hacia de la humildad la primera de las virtudes, no dudó en expretar al procurador del tribuno en Roma: “Civis Romanus Sum” – soy ciudadano romano- y es que a pesar de ser cristiano, a pesar de profesar una fe que veía en la tortura y la muerte en la cruz, un signo de increíble humildad Pablo de Tarso – después San Pablo- no quiso o no pudo renunciar al orgullo de proclamarse ciudadano de Roma y lo que ello implicaba.

Ser ciudadano romano comportaba – incluso en la tardía época de los primeros años de Cristo cuando los Cesares habían despojado al senatus et populusque romanus de sus viejas atribuciones de imperio – una prolija relación de derechos y deberes políticos, fiscales y aun militares, como el de no ser sometido a la tortura, el de participar en los comicios, el de reconocer el cursus honorum que conducía a las mas importantes magistraturas y aun al Senado. Ser ciudadano romano implicaba sobre todo formar parte de una comunidad política, la civitas en la que el hombre ejercía en primera persona los derechos inherentes, eso que hoy dia llamamos soberanía.

Veinte siglos mas tarde ante un muro que dividía un país en dos, un hombre llamado John Kennedy acudía a las palabras de Pablo de Tarso parafraseándolas para expresar su orgullo por pertenecer al mundo libre, de ser ciudadano de una democracia constitucional. Tres décadas y media después el muro que separaba a Alemania se derrumbó como un castillo de arena para permitir comunicar a todos los confines de la tierra de los postulados del Constitucionalismo, parte de eso llego a nuestro país, que ya tenia una experiencia constitucional – trece para ser exactos, dos federales y once nacionales- esos postulados que el mundo libre grito son entre otros las ideas de la constitución, los derechos del hombre, legalidad y judicialidad del poder, representación, partidos y elecciones libres, el día que Kennedy pronostico había llegado.

Nuestro país ya tenia esa patria constitucional sin embargo la guerra civil nos dividía justamente en dos formas, dos colores, dos lados. Sin embargo la condición y libertad de ser ciudadano libre no parecía traer a los salvadoreños “la paz, la justicia y la libertad” prometida incluso en nuestra democracia constitucional aun después de los acuerdos de paz celebrados algunos años después de la caída del muro de Berlín, aun en nuestros días, se evidencia gravemente una creciente degradación de todos los valores, en las normas y en absolutamente todas las instituciones, de lo político y de lo jurídico, una degradación que carece de cobertura que no encuentra justificación por ningún lado, ahora ni siquiera en esa dialéctica de contrarios, esa misma que dividía el mundo en dos.

Contrariamente a lo que apuntaban las apariencias, las piedras del muro de Berlín, cayeron para los dos lados del telón del teatro y no uno solo, y justamente como lo explicó mediante una hipótesis Henry Lefevbre: Desde el triunfo de Stalin en la antigua Unión Soviética, el mundo capitalista y el mundo socialista constituían el adverso y el reverso de una misma moneda, de un solo discurso histórico perfectamente trabado conforme a un solo hilo conductor. La crisis del Estado Socialista se revela también en el Estado Constitucional Democrático.
Atendiendo este sentido resulta evidente la crisis de los últimos años en el mundo Constitucional Democrático y en nuestro país no ha hecho sino multiplicarse. La pérdida de referentes y de significación en los discursos, lleva la opinión pública y aun el debate general a la vacuidad.

En nuestro país que grita a los siete infiernos de Dante que somos una Nación Constitucional Democrática el debate político se ha visto secuestrado por trivialidades que hábilmente dirigidos por comunicadores perspicaces , solemniza lo obvio, eleva a la categoría de fundamental lo banal y hace de la política un gigantesco mercado en el que se lucha por un poder del que solo queda el recuerdo del color del partido, nuestro país se ha convertido en el reino del mercadeo donde la imagen es la sustancia en el que lo conveniente es no decir absolutamente nada que sea – o signifique- comprometible con los derechos constitucionales y aun donde un agujero en los zapatos se convierte en la perdida de las elecciones, a todo esto le llaman profesionalización de la política que únicamente ha provocado la aparición de una clase política cuya sola existencia ataca la esencia misma de la democracia, causa su degeneración y se convierte en el mayor de los enemigos de los principios en que una buena lógica del estado constitucional democrático debe estar fundamentada e inspirada.

En El Salvador existe una confiscación del aparato institucional del estado y de su potestad por una clase política que opera siguiendo una lógica ajena a la idea democrática, es un rotundo fracaso la mal llamada representación política y la probada ineficacia de todos los mecanismos de responsabilidad y anticorrupción, la progresiva enfermedad de una serie de instrumentos de sociabilidad política que responde a los partidos políticos y sindicatos, eso es un debilitamiento e incluso una parálisis de la iniciativa social que paradójicamente se define como “estado del pueblo” la paulatina transformación de la política en un solo poder y la creciente preponderancia de unos grupos (poderes de expresión según Giorgio Lombardi) que hacen inoperantes los tradicionales sistemas de protección jurisdiccional como el ordenamiento jurídico entero.

La evidente desvirtuacion de libertades individuales que están dejando de ser postulados morales y se convierten en delitos tipificados, justo como le paso a Pablo de Tarso, por creer y accionar una fe diferente, es decir que estas acciones ya no están destinadas a garantizar la autodeterminación individual, humana y se convierten en trafico político. Son síntomas preocupantes del Decalege entre teoría y praxis que desde tiempos atrás viene corroyendo a la Democracia de los Modernos y hace que la distancia que media entre como es realmente el vivere político, y como debiera ser, a juzgar por los postulados de principio que inspiran sus valores, reglas e instituciones empiece a adquirir un calado tal que – como dijera Maquiavelo- “aquel que deja lo que hace, por lo que debiera ser corra a la ruina en vez de beneficiarse”.

Pero para nosotros el mundo constitucional y el principio democrático parece aun vivo y su legitimidad resulta todavía creíble para nosotros los salvadoreños que seguimos buscando un gobierno del pueblo, con el pueblo y para el pueblo y además que es la mejor o –en el peor de los casos- la menos mala forma de gobierno posible, la verdad es que el ideario democrático no se encuentra en ninguna crisis de cuestionamiento teórico, el principio constitucional de la democracia no esta siendo cuestionado – por mucho que subsistan desafíos que no tienen desperdicio- pero ocurre una aparición enfermiza de ideologías, en nuestro estado constitucional la lógica del poder ha desplazado y sustituido la lógica de la política, la dialéctica del poder- la política consentida en el concepto Weberiano de lucha por el liderazgo,, la dominación, consecución y fidelizacion de un sequito- ha remplazado la dialéctica de la política, a las ideas entendidas como el instrumento de transformación desde la razón y la relación utópica de una realidad construida en la convivencia colectiva.

El poder es la capacidad de imponer a un tercero la propia voluntad. En esencia es la dominación y el mando y como tal tiene una diferenciación entre quien lo posee y quienes no, entre quienes mandan y los que están destinados a la obediencia, entre gobernantes y gobernados.

La política es mas que el simple poder, aun cuando precisa de poder para imponer su voluntad, la política es la forma de organizar la convivencia colectiva del hombre en comunidad, eso se llama sociedad política, y cuando recibe el calificativo de democrática es porque antes ha hecho del hombre un sujeto activo en la vida publica, capaz de ejercer su propio gobierno, su ciudadanía.

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