Sin Florentina Amargura

Autor: Lafitte Fernández


Por la embestida que recibí de Marvin Leonel Ascencio, director del semanario “Patria Exacta”, que se publica en Internet, creo que no escribí con claridad, o me malinterpretaron, la columna que le envié a Geovanni Galeas, director de Centroamérica21.

Debo confesar que me sorprendió un acto de Ascencio que revela un estupendo comportamiento ético: recibí, en una vieja dirección de correo electrónico, una copia de su escrito y me invita a responderla públicamente. Ese es un fresco y agradable comportamiento en un medio donde la regla es golpear por la espalda, y con un duro rejo, sin ofrecer ninguna posibilidad de defenderse.

Marvin empieza mal su respuesta a mi columna. Me llama como un reconocido periodista costarricense radicado en El Salvador. Como el asunto de las nacionalidades sirve, en estos oficios, para tratar de descalificar en el mero arranque, corrijo a Marvin: soy salvadoreño por mi propia voluntad, porque decidí serlo. Y lo hice sin cálculo, sin esperar nada a cambio o procurar granjerías. Lo hice por aprecio y respeto a un país y a los pocos amigos que tengo. Lo hice como un homenaje a las grandes virtudes que tienen los salvadoreños.

Como titulé que “Los mejores periodistas se alejaron de Robin Hodd”, el amigo Ascencio dice que con eso intento advertir que “los buenos periodistas no señalan los problemas socioeconómicos y polìticos” y por eso me pega la primera corneada de la tarde.

Trataré de resumir mi planteamiento: en ningún párrafo de mi texto intento pedirle a un periodista que no escriba sobre la realidad nacional. Que no escriba de economía o política. No lo hice ni lo haré nunca. Esa interpretación de Ascencio resultaba tan descabellada e incomprensible que, si se acepta como tal, lo mejor es retirarse del periodismo. El periodismo es oficio, o arte, como quiera llamarle, que se aplica a toda la realidad. Nadie con medio peso en la cabeza podría aconsejar que no se escriba sobre economía o política, sobre pobreza o riqueza, sobre partidos y políticos. Lo que intenté advertir es que no debe venderse a los periodistas en ejercicio, o a los estudiantes, que el único periodismo que tiene valor para la sociedad es el que derrumba gobiernos o el que denuncie el robo de un funcionario público. Esa es una inmensa equivocación.

El periodismo es, y siempre será, una hermosa suma de géneros y métodos. La investigación periodìstica es un método. No es un género periodístico. Si de arranque no entendemos eso, entonces sospecho que seré malinterpretado de nuevo.

Y ese método obliga al periodista a construir una hipótesis que debe robar con sus propios medios y recursos. No a cualquier chanfaina se le puede llamar investigación periodística. No se le puede llamar así al hecho de que una fuente le entregue un documento, usted lo tritura con su cabeza, habla con alguna gente y luego le puede el rótulo de investigación. Eso se llama periodismo de profundidad. Pero no se trata de una investigación. En ese error caen muchísimos periodistas locales porque, precisamente, no saben de qué se trata una investigación periodística. Es lamentable que no asistieran a las conferencias que impartió, aquí, Sandra Crucinelli, y muchos otros eriodistas,y académicos que han pasado por San Salvador.

El resultado de la investigación periodística generalmente se escribe utilizando el reportaje como traje en el que se enfundan sus resultados. De acuerdo con eso, lo que traté de comunicar en mi columna es que el periodista debe entender que, además del reportaje, del análisis, de la mera información, de la entrevista, existe un género periodístico que otorga las mayores libertades estilísticas a los periodistas. Es, precisamente, la crónica. En otras palabras: no traté de decirle a los periodistas que abandonaran la investigación como método, no los restantes géneros periodística. Hice un intento, quizá malogrado, de gritar que el buen periodista es la suma de todos los géneros y el uso de las mejores técnicas y métodos. Y que, bajo esa perspectiva, nos estábamos olvidando, con demasiada frecuencia, de la crónica.

No podría mencionar, como trata de advertir el colega, que renuncien a todo y se dediquen, exclusivamente, a acercarse a la literatura mediante el ejercicio del periodismo. Puedo estar mal de la cabeza pero no tanto como para hacer una afirmación de ese calibre.

Lamentablemente, y hay que decirlo con nombres y apellidos, La Prensa Gráfica es casi el único medio escrito que emprendió, recientemente, un rescate de la crónica. Otros medios tuvieron antes ese acercamiento pero abandonaron la idea y ahora poseen excelentes periodistas cubriéndose de hollín. La televisión nacional no posee un solo cronista, a pesar de la ventaja comparativa que la aplicación de ese género le puede dar.

Quienes mejor han entendido el papel de la crónica en la televisión son los españoles y, por algunos momentos, los periodistas mexicanos y argentinos.

Pero, mi convocatoria para que usemos la crónica no representa, repito, una renuncia a la aplicación de géneros periodísticos que he utilizado toda mi vida.

Mi primera lectura del texto disidente de Ascencio me llevó a aplaudir el hecho de que, por primera vez, me encontraba frente a alguien con el que podía polemizar sin que echara mano a ataques personales o ejerciera ese deporte de muchos salvadoreños de deslegitimar con afirmaciones falsas o impropias del sano polemista.

Al tercer párrafo me enteré que estaba al frente de un poco más de lo mismo. Lamentablemente Ascencio dice que he “escrito un sinnúmero de artículos” para manipular el caso Belloso. Debo aclararle a Ascencio que, únicamente, escribí una doble página sobre Belloso en el periódico El Mundo. Nada más. Y le invito a que me mencione un solo párrafo en el que no se diga la verdad o no esté ajustado a las normas del buen periodismo. Ahora, si el amigo Ascencio aplaude el método que empleó el FMLN de tomar un garrote y tratar de ensuciar a todo aquél que escribiera sobre Belloso, me apena muchísimo porque el país perdería un buen periodista. Es más que obvio, y eso puede ser tema de otro debate, que apenas surgió el nombre de Belloso, el FMLN se le lanzó al cuello cualquier medio o periodista que tocara ese tema. Y, como un recurso para impedir que se conociera la verdad, llamó conspiración orquestada todo eso.

Si el amigo Ascencio tiene hormonas periodísticas y es,realmente, conocedor de este oficio, sabrá que en cualquier país del mundo con un periodismo más o menos libre, se habría actuado con Belloso como se hizo aquí. Si nos responde que el caso Belloso debió silenciarlo el periodismo porque tocaba fibras políticas, entonces algo extraño pasó con su estudio, o la mejor academia no pasó por él. Y si, a su criterio, respondí, viceralmente, a quien trató de ultrajarme porque escribí sobre Belloso, lo único que hice fue no quedarme callado frente a un método que, desde su columna, debería condenar cada vez que se produzca. Si revisa todas las actuaciones del FMLN en el caso de los periodistas que escribieron, creo que debieron terminar en la Procuraduría de Derechos Humanos porque se trató de uno de los peores acosos que he visto, en mucho tiempo, para silenciar el periodismo.

La embestida de Ascencio, con corneada incluída, es larga. Igualmente es extensa mi respuesta. Pero, al menos debo reconocerle algo a Ascencio. El 85 por ciento de su texto está atado a las ideas y no a los golpes bajos. Ante ese hecho, debo agradecer que he encontrado un contendor sin los días tan encandilados por el dogma cerrado y sin las dudas y vértices de la polémica muda.

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