Los Tizones de la Fragua

Autor: Lafitte Fernández


A lo largo de nuestras vidas, nos topamos con profesores buenos, regulares y malos. Los buenos, acabamos amándolos, y respetándolos hasta la muerte. Uno de ellos era José Marín Cañas, un escritor costarricense que murió hace muchos años. Ya viejo, llegaba a la redacción del periódico donde laboraba a dejar sus colaboraciones.

Eran los años setenta y el pobre don Pepe cargaba, entre la izquierda costarricense, una imagen espectral, esquemática y unilateral, porque, simplemente, era de derecha.

No sé si por soledad, o por inquietudes intelectuales, don Pepe solía recorrer los escritorios de la redacción del periódico en busca de polemistas que se sentaran a tomar un café con él para analizar cualquier tema de la realidad. Muchos, sobre todo los periodistas más jóvenes, le temían porque, como se decía, “Don Pepe hace mierda a cualquiera en cuatrocientos palabras”. Yo aprendí a desafiarlo, y a quererlo, porque su genialidad dialéctica no dolía: era el mayor proceso de aprendizaje que cualquiera podía tener sin pagar un centavo, ni tocar las aulas de la universidad.

El autor del “Infierno Verde” solía decir: ¨la vida es una verdad difícilmente vestida de engaño”. Y de ahí en adelante, ese hombre de “derecha” empleaba su maciza dialéctica para construir una verdadera teoría filosófica para que las ideas discurran en un ambiente de tolerancia, decencia y estatura. Don Pepe tenía una forma magistral para construir los andamios de las argumentaciones.

Nunca fui el mejor alumno de Marín Cañas pero, encontrarse a jóvenes periodistas que quieren examinar la naturaleza y el papel del periodismo sobre la base de lo lógico o lo ilógico y del respeto mutuo, tiene la dimensión de la hazaña. Por eso es que, con muchísimo gusto, le respondo a Marvin Leonel Ascencio, director de http://www.patriaexacta.com, su segunda columna y comentario sobre los garabatos que me atreví a escribir sobre el papel de la crónica en http://www.centroamárica21.com.

Marvin, a quien no conozco pero muestra pasión y buen oficio en esto del periodismo, me obligó a releer, con más cuidado que nunca, mi columna en Centroamérica21 que titulé ¨los buenos periodistas se apartaron de Robin Hood¨.

Esa relectura me da la seguridad de repetir que nunca escribí, como lo interpretó Marvin, que el buen periodista debe alejarse de los temas económicos o políticos. Lo que sí escribí es que es un error venderle a los estudiantes de periodismo que el fin último de esta profesión es llegar a convertirse en el mejor periodista de investigación de un país, o que nadie vale si no se inscribe en la logia de los investigadores. Es un error, y lo sostengo, hacer creer que al periodismo debe llegarse, exclusivamente, a derrumbar gobiernos o a denunciar que un funcionario se gastó el dinero de todos en sus queridas. Eso no significa, y de mi texto no se puede colegir lo contrario, que no se deba hacer cuando se tenga la oportunidad de hacerlo y se domina el método. Y, como un ejemplo de que al periodismo se puede llegar a la grandeza sin derrumbar administraciones, puse a García Márquez. Es grande entre los grandes porque escogió el periodismo arte, el de la crónica, el que linda con la literatura, como blanco de su pluma. Que yo sepa, nunca derribó gobiernos, ni trituró funcionarios, para hacerse grande. Pero, tampoco duda que el periodismo de investigación valiente y fiscalizador, es importante en una sociedad. En esto que hacemos, nada es excluyente si supera la ética. Prueba de eso es que la fundación de García Márquez, creada para alentar al periodismo, otorga un importante premio anual a quienes se dedican a la investigación social, política o económica.

Pero, en el fondo de su alma lo que el Gabo desea es que renazca el periodismo arte, el de la buena crónica, el que agudice todos los sentidos, el de las palabras que tengan musicalidad y belleza, el del difunto Ryzard, su gran amigo, quien siguió un muerto sin importarle las causas de su fallecimiento. Para el “gabo”, Ryzard era el mejor periodista de este planeta. Por eso es que me extraña, y muchísimo, que el amigo Ascencio diga que el muerto que fue a entregar Ryzard sólo le interesa a Cuatrovisión y a las amas de casa que se dedican a ver novelas. Es lamentable que Ascencio no haya leído una verdadera obra de arte del periodismo moderno. Y aclaro que cuando cité el muerto que ayudó a entregar Ryzard escribí que, por supuesto, era importante que se investigaran las causas de aquella muerte. Pero, el fallecido periodista polaco escogió uno de muchos caminos y, en unas dos mil palabras, escribió algo monumental. A propósito, El Salvador tiene a dos o tres ex alumnos de los cursos de Ryzard: Oscar Tenorio y Eric Lemus. También muchísimos seguidores como Sandra Moreno. Es un verdadero despropósito mencionar, como lo hace el amigo Ascencio, que Ryzard escribía para las amantes de las telenovelas.

El director de http://www.patriaexacta.com, y otro columnista cuyo nombre no recuerdo, están también preocupados, y con muchísima razón, de la autocensura que se aplica, casi a fuerza de zurra, en algunos medios de comunicación. Mi recomendación, sin embargo, es apartar las hojuelas de la esencia del problema. Porque en ese tema también existen mitos y engaños que contribuyen a agudizar el problema con propósitos pocos sanos.

Pongo un caso personal. Hace bastante tiempo, mientras laboraba para un periódico nacional, realizamos una investigación, una verdadera investigación, sobre el destino final que se estaba dando a una gigantesca cantidad de abono, donada por el gobierno de Japón, para que fuera entregada a los campesinos.

La donación la compró, casi en altamar, un importante grupo económico de este país. Los beneficiados con el abono no fueron a dar a manos de los campesinos sino, en muchos casos, a grandes haciendas. Era un abono de excelente calidad que terminó en manos de empresarios que lo compraron casi a precio de liquidación. Aquello fue una verdadera infamia nacional. Cuando una sagaz periodista llegó a comentarme los hechos básicos, decidí apoyarla y meterme con todo en el asunto. No se podía hacer de otra manera aunque aquello me costó la enemistad eterna con un importante grupo de empresarios de este país.

En la empresa que compró el abono para elevar sus ganancias anuales participaba, aunque con un pequeño porcentaje accionario, un ex presidente de la República. Sabía que la investigación debía hacerse técnicamente perfecta. No cabía ni un centímetro de error. Nos jugábamos el pellejo.

Hicimos las primeras publicaciones. Los dueños del periódico nos apoyaron, abiertamente. Al segundo día de la publicación, le pedí a un periodista que cubría la Asamblea Legislativa que buscara reacciones políticas frente a la denuncia. Una y otra vez le solicité que lo hiciera bajo un estricto método porque nos estábamos jugando muchísimo, porque la pelea era muy fuerte. Al día siguiente, el periodista publicó, saltándose todos los controles de su editor, una serie de reacciones de diputados. Pero, cuando reseñó el caso cometió un error del tamaó de la catedral: escribió que el ex presidente de la República era el administrador general de la sociedad que compró el abono y, además, accionista mayoritario. Nada de esto último era cierto. Nadie había escrito ni denunciado ese hecho. El periodista, simplemente, se inventó esos hechos o no sé de donde diablos los sacó. Lo peor es que bastaba leer la publicación que se había hecho para saber que el ex gobernante era, hasta donde conocíamos y teníamos probado, accionista minoritario. No administrador general ni socio mayoritario. El periodista había fallado en un elemento esencial del periodismo: la exactitud. Y lo peor de todo, porque él nunca participó en la investigación periodística (simplemente se le puso a recoger reacciones de políticos), es que ni siquiera leyó lo que se había publicado un día antes. El error era, simplemente, imperdonable.

Cuando amaneció, y el periódico circulaba por todas las calles del país, comenzó a sonar mi teléfono. El ex presidente estaba enfurecido, y con razón, porque se había escrito hechos que no eran reales. Algunas horas después estaba en su casa de habitación tratando de darle una explicación. También me tocó pedirle disculpas. En el fondo de mi alma, sabía que ese periodista nos había metido en verdaderos problemas de los que nos costaría salir. Además, había arriesgado una investigación periodística que se había llevado con muy buen método. Lo único que me ayudó, en ese momento, es que el ex presidente reconoció, como lo habíamos publicado, y probado, que era accionista minoritario de la empresa que compró el abono donado para los campesinos. Recuerdo que le dije, defendiéndome como gato panza arriba, “señor, si usted es sólo el dueño del tres por ciento de las acciones, ese porcentaje menor siempre se reflejará en los dividendos y ganancias anuales¨. Cuando el ex mandatario escuchó aquello bajó la guardia. Entonces, aproveché para preguntarle el por qué no renunciaba a esas ganancias. Fue entonces cuando comenzó a trastabillar. En ese momento, comprendí que había salvado algo de la investigación que puso en riesgo el irresponsable periodista que escribió desde la Asamblea Legislativa.

El error del periodista fue de tal dimensión que, cuando los dueños del medio me pidieron que lo despidiera, por sus errores técnicos, su caso se volvió indefendible. Además, su editor venía quejándose de su trabajo desde mucho tiempo atrás. No existió más remedio que el despido.

Tiempo después conocí un documento de la Procuraduría de Derechos Humanos. Me llegó de rebote por otras manos. En ese documento se decía que el periodista había sido despedido por decir la verdad sobre un ex presidente y por realizar una investigación sobre el caso del abono. Nada de lo que se escribió era cierto. Ni fue despedido por escribir la verdad, ni él realizó ninguna investigación sobre el tema. Mi nombre se mencionó el documento como cortador de una cabeza, como verdugo del periodismo. Y se escribió sin que nadie escuchara mi versión. Simplemente me lincharon.

Todavía sé que el periodista de marras, quien ahora labora en otro periódico, repite que lo despidieron para que no terminara una investigación. Lo cierto es que la investigación del abono no la hizo él. Ni siquiera ayudó a hacerla. No es cierto que se le despidiera por investigar a un ex presidente. No fue coadyuvante ni en tercer grado de la investigación. Simplemente se le pidió que buscara reacciones de políticos y en la reseña mintió contra un ex mandatario y puso en riesgo, casi total, una pesquisa de total interés público. Violó la ética y el mejor instrumental del periodismo. No fue capaz de resumir, al menos, lo que una compañera suya había escrito. Lo peor es que todavía camina con esa mentira en la boca. Y todos, absolutamente todos, los editores que me acompañaban en esa época, son testigos de esta verdad.

Puse ese caso, porque no todo lo que se dice de la persecución y autocensura en los medios es cierto. Cada caso debe analizarse, cuidadosamente. Lo que no me gusta, en ese tema, es que exista un importante número de casos rodeados de mentiras o usados para justificar deficiencias. Conozco muchos casos de esos. Pero, sin duda, es un tema interesante y abierto. El texto se hace largo y tedioso. Pero, no quiero acabar sin aclararle al amigo Ascencio que no es cierto, y lo hago respetuosamente, que alguna vez manifestara que la investigación periodística fuera un género. Desde muy joven tengo clarísima la separación entre géneros y métodos periodísticos. Pero, ya existirá otra oportunidad para conversar sobre ese tema.

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