Machismo, vaya mujeres…!!!

Noticia de miércoles 30 de mayo 2007: Paola Andrea de un solo año de edad, de Ciudad Delgado, murió en la Unidad de Cuidado Intensivos del Hospital Bloom. La siguiente autopsia no dejó dudas: entre las muchas lesiones se le encontró la fractura de la base del cráneo.

Gracias al testimonio de la hermanita mayor, de 4 años, fue individuado el culpable: el padrastro, un joven de tan solo 19 años. Otras versiones de vecinos y conocidos confirman las palabras de la pequeña.

Ahora viene lo peor: la madre de la victima se opuso con toda su fuerza al arresto del conviviente remarcando que “sí la niña se cayó de la cama”.

Martes 22 de mayo 2007. La Libertad: seis adolescentes masacrados y tirados en un pozo. Cuatro eran mujeres. Los asesinos: pandilleros de la Mara Salvatrucha. Según los amigos, las jóvenes eran fascinadas por la MS, sus machos, su manera de vivir y de ser y a saber que más.

Pero no aflijámonos, no todo acaba en un cementerio.

La señora que trabaja de empleada domestica en la casa de un amigo un día le contó a su esposa la vida que lleva en su pueblo con su adorada pareja.

La señora se quiebra el lomo trabajando en casas ajenas y los domingos que tiene libres le va a ayudar a otra compañera para ganarse centavos adicionales. El esposo-lacra vegeta echado en una hamaca mirando televisión o compartiendo guaro con otros dignos compadres. Pero la señora está feliz: son dos años que no le pega y ya no acosa las dos hijas de ellas y que él se sentía libre de manosear porque no eran suyas. Hasta va a los cultos, de vez en cuando; lastima que el día del Apocalipsis no lo asuste mucho ya que luego de los rezos, acaba, como de costumbre, compartiendo la pacha de guaro con sus afines.

La esposa de mi amigo un día la incitó a echar el inútil a la calle pero como respuesta recibió un “No, ¿a esta altura de la vida donde lo encuentro a otro hombre?”. Vaya, machismo.

Mónica se llama la esposa de un ex jefe del lugar donde trabaje un buen tiempo. La conocí en una fiesta mundana, o sea en una de aquellas reuniones requeteaburridas que donde los invitados se la pasan a ver que vestido feo tiene fulanita, que peinado horrible se ha hecho sultanita y que pelón quedó Pedro. Ella, que lógicamente llegó con el marido, llevaba unos lentes oscuros de dimensiones gigantes. Prácticamente le cubrían medio rostro. De metido, antes busqué poderla mirar de perfil para verle los ojos, luego empecé a preguntar a unas amigas que me habían confesado conocerla.

Bueno, tenía un ojo color morado tendiente al amarillo intenso y las muchachas me contaron que medio mundo sabe que el hombre le pega, de vez en cuando claramente.

Pero ella de dejarlo ni lo piensa: el señor le deja un carro para sus paseos con las amigas, le pasa una buena mensualidad y la lleva de vacaciones en las playas más famosas de Honduras y, cada cierto tiempo, en Miami. Vaya, machismo.

Una tía de mi esposa…

Este cuento podría ser infinito, y podría aportar solo los casos que conozco personalmente. Si reúno un par de amigos llenamos un libro.

Asociaciones feministas y afines mienten cuando pretenden, de manera explicita o implícita, rebuscada o directa, con excusas o perífrasis vacías, explicar el machismo a partir del hombre, o sea como un fenómeno monocausal. En la construcción de la realidad que Las Dignas y otras organizaciones presentan hay tres actores sociales: las mujeres, eternamente victimas, los hombres, irremediables culpables, y la sociedad, detestable encubridora de esta vergonzosa situación. ¿La solución? Darle duro a todo hombre que no abra la boca para darles la razón. Si alguien se permite de señalar casos como los sobre citados le pueden saltar a los ojos.

Me parece, si por una vez se quisiera enfrentar el problema del machismo con una mayor honestidad intelectual, que hay la necesidad de replantear el problema. La lucha a esta sociedad saturada de machitos violentos y abusivos debería encontrar también una espacio para que las mujeres reflexionen sobre aquel abanico de situaciones y actitudes con las cuales ellas mismas fortalecen la discriminación y los abusos a los que son sometidas, o se someten. Llámese esto autocrítica, si bien el término sea uno de los ilustres ausentes en los diccionarios de nuestra querida sociedad, seamos hombres o mujeres.

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